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Apr 13, 2017

Duelos por irresponsabilidad y descuido

En Semana Santa abordé algunos microbuses que viajan a municipios del Sur del país. Los cobradores, observando la carretera, alertaban al conductor de la presencia policial. Expresiones comunes fueron: “cuidado allí está la pesca”, “no te parés allí, buscá la parada”, “chiva esos majes están ojo al Cristo”, “Oye brother, hacéte a la derecha”, “nos están viendo, te van a joder”.... Los conductores fueron cuidadosos en no subir más pasajeros de los autorizados, llevar velocidad permitida, estacionarse en las bahías de parada, no aventajar con imprudencia, respetar la raya amarilla… Parece que se abstuvieron de sus cotidianos abusos, a los que, desafortunadamente, los pasajeros se han acostumbrado. Pero esto ocurría sólo cuando percibían o comprobaban la presencia policial cercana; es común que otros microbuses que viajan en sentido contrario, por complicidad temeraria, les hacían cambio de luces para indicar el control policial próximo.  A pesar del fuerte despliegue policial en la temporada, siempre habrá tramos de la vía “en blanco”, en ellos el conductor se sentía libre y con facilidad volvía a la costumbre, con “cautela irresponsable”. Me atreví a comentar: “se tienen que portar bien hay policías en toda la vía”, el cobrador sonriente comentó: “¿Qué le vamos a hacer? la otra semana nos dejarán en paz, mucho joden”. Algunos pasajeros sonrieron, otros se hicieron los desentendidos, cada quien en silencio, mirando de lejos, ensimismado en sus pensamientos…

Nos hemos preguntado ¿cuánto es el costo humano y económico por desplegar una cantidad extraordinaria de policías en las carreteras para “limitar” el comportamiento de los irresponsables o descuidados?  ¡Es insostenible! Para la Policía, en Nicaragua y en cualquier otro país del mundo, es imposible mantener de manera permanente ese despliegue general, no podemos pretender disponer de un agente policial para cada transporte público y particular, hay que recurrir al control selectivo, a la regulación básica y a la educación vial amplia, comenzando con los conductores de transporte colectivo, para cultivar el sentido de responsabilidad cotidiano, sin necesidad del control rígido y permanente, ni la amenaza o coerción extrema.

La sanción fuerte y un mecanismo de eficaz aplicación, pueden contribuir a disuadir, pero requieren eficiencia e imparcialidad institucional, para no contaminarse con la cultura prevaleciente del soborno, el conecte y la evasión, que buscan el camino fácil y rápido, la trampa y el atajo malicioso...

Hay preocupación social e institucional justificada ante una realidad que comenzó a ser más visible en 2016. Por un lado, afortunadamente, como evidencia de la favorable seguridad ciudadana del país, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes bajó a 8, -la menor de Centroamérica-; pero, lamentamos, la tasa de muertes por accidentes de tránsito, por cada 100 mil habitantes, superó 10, aunque sea la más baja  de Centroamérica (en parte porque Nicaragua tiene aún el más reducido parque automotor de la Región), ha sorprendido por inusual e inesperado. Esta tasa relativa fue similar en 1999-2001 y 2009, pero no hubo atención mediática ni oficial suficiente.

La población de Nicaragua llegó a 6.7 millones en 2016, las cifras absolutas, causan impacto. En 2017, morirán por la violencia delictiva, unas 550 personas, y por accidentes de tránsito, un poco más de 700. Es dramático pero certero, quizás 1,250 fallecerán, 105 mensual, son “crónicas de muertes anunciadas”, duelos que nos afectan. La cantidad de víctimas por accidentes de tránsito en la Semana Santa, rompe el promedio, por la gran movilización de vehículos y personas hacia playas y ciudades del interior, en siete días de religiosidad y parranda, que deberían compartirse en momentos de paz dentro de la familia, ocurren casi tres veces más muertes por accidentes que la media, a pesar de la intensidad de los planes especiales de la Policía y otras entidades. El plan actual, ante la grave preocupación que nos ocupa, tiene un despliegue policial superior, ¿logrará el efecto deseable? ¿Se reducirán los daños humanos? Es posible, por desgracia, unas 30 personas pierden la vida, y si sumamos las muertes por ahogamiento y violencia, ¿llegaremos a 70? ¡Que tristeza! Por los descuidos e irresponsabilidades propios y ajenos.